Las sanciones matan: lo he visto con mis propios ojos.
Mayo 27, 2026
Por un cirujano cubano anónimo
Este artículo fue publicado originalmente por CounterPunch.
Soy cirujano en La Habana, Cuba. No usaré mi nombre, no porque tema a mi gobierno, sino porque temo al suyo y a lo que pueda hacerle a quienes amo.
El mes pasado operé a un anciano con una úlcera péptica perforada. La cirugía fue de manual. Cerré su abdomen limpiamente, sin complicaciones. En ese momento teníamos antibióticos disponibles. Lo que no teníamos era solución cristaloide intravenosa para la reanimación. Es el recurso más básico, tan barata que casi no cuesta nada, pero es tan esencial porque lo salva casi todo. Existe. Se fabrica en Santiago de Cuba, a 800 kilómetros de distancia. No pudo llegar a La Habana porque no había petróleo para transportarla. Cuando finalmente llegó, mi paciente ya había fallecido.
Quiero que reflexionen sobre eso antes de que hablemos de política.
Ahora quiero contarles sobre una niña de dos años, hija de unos amigos míos. Hace dos semanas desarrolló una gastroenteritis severa — vomitaba veinte veces al día, deshidratándose rápidamente. Sus padres la llevaron de urgencia a un hospital pediátrico en La Habana. No había suficiente suero intravenoso en la sala de emergencias. Históricamente, los hospitales pediátricos han sido el último refugio protegido de nuestras peores carencias. Incluso en nuestros años más difíciles, hemos intentado proteger a los niños. Esa noche, solo el director del hospital autorizaba cada suero como si fuera oro puro. No era oro, solo sal y agua, pero apenas tenían unos pocos disponibles.
Estas no son tragedias aisladas. Son los resultados previstos.
La tasa de mortalidad infantil en Cuba — que alguna vez fue inferior a la de Estados Unidos, un verdadero logro de nuestro sistema de salud pública— ha aumentado de 5 a más de 7,1 por cada 1000 nacidos vivos desde 2019. Dos tercios de los medicamentos esenciales no están disponibles o escasean. Arbovirus como el dengue, el oropouche y el chikungunya se han disparado. Según la Oficina Nacional de Estadísticas, el país ha visto la emigración de más de 1,4 millones de habitantes desde 2020 — entre ellos miles de médicos — y ha registrado el menor número de nacimientos en 65 años. Solo en 2024-2025, el bloqueo estadounidense costó a Cuba 7.500 millones de dólares. En 65 años, sus daños acumulados han superado los 170.000 millones. Esto no es una crisis de gobernabilidad. Es una ruina fabricada: la aplicación deliberada de máxima presión económica hasta que una nación se quiebra, para luego atribuirle esa ruina a la propia nación y utilizarla como justificación para una intervención militar, y la intervención como lavía para obtener recursos codiciados
La política de Estados Unidos hacia Cuba fue diseñada de esta manera. En 1960, Lester Mallory, subsecretario adjunto de Estado, redactó un memorándum interno —ahora desclasificado— en el que abogaba explícitamente por medidas destinadas a provocar “hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno” en Cuba mediante dificultades económicas deliberadas. Este embargo estadounidense se estableció en 1962 para abarcar todo el comercio con la isla. Es considerado ilegal. Sesenta y cinco años después, esa estrategia no ha sido abandonada: ha sido perfeccionada. La designación de Cuba como Estado Patrocinador del Terrorismo la excluye del sistema financiero internacional: sin transacciones, sin acceso a la banca, y con empresas extranjeras amenazadas por hacer negocios con nosotros. Recientemente, el presidente de Estados Unidos declaró a Cuba como una “amenaza extraordinaria para Estados Unidos” y emitió una orden que impide a cualquier país del mundo suministrar petróleo a la isla. El bloqueo naval de enero de 2026, que interrumpió nuestro suministro principal de combustible, es la expresión más aguda del embargo estadounidense en los últimos tiempos. También es ilegal.
En este contexto, Estados Unidos anunció recientemente una de ayuda 6 millones de dólares para Cuba, canalizada por vías diseñadas explícitamente para eludir al gobierno cubano. Cuba pierde 20 millones de dólares cada día debido al bloqueo. Seis millones no son un gesto de buena voluntad: es cinismo convertido en dólares.
Cuando leo sobre Cuba en la prensa estadounidense, me sorprende siempre la misma omisión. Las sanciones —que afectan al 100% de los cubanos, cada hora de cada día— apenas reciben una mención breve, una cláusula secundaria, un reconocimiento fugaz rápidamente equilibrado con referencias a “fracasos de política interna”. Eso no es neutralidad. Es una elección que favorece al poder y protege al agresor.
Así es como se vive el bloqueo desde dentro. Nuestra red eléctrica falla hasta 22 horas al día, incluso en la capital. Los niños se quedan a oscuras, sin poder hacer sus tareas. Los maestros no pueden preparar sus clases. Cuando se interrumpe el servicio eléctrico y no hay gas en las casas, las familias cocinan al aire libre con leña. Y entonces ocurre algo que quiero que todo estadounidense entienda: otros se suman. Las familias han empezado a turnarse para cocinar para barrios enteros, compartiendo lo que tienen, asegurándose de que todos coman. Esto no es un programa del gobierno. Es un pueblo que se niega a dejar que nadie pase hambre.
En toda la isla, los cubanos instalan paneles solares en los techos, construyendo su futuro energético con sus propias manos. Han cambiado los vehículos a gasolina por triciclos eléctricos para transporte y comercio. Algunos son voluntarios que dedican días específicos de la semana a llevar gratuitamente a pacientes de hemodiálisis a los hospitales. En las carreteras, parar para recoger a personas que están pidiendo aventón es parte de la vida diaria y una obligación legal: funcionarios, policías, médicos, tenientes coroneles del ejército, artistas, ancianos y jóvenes comparten viajes en un país donde el combustible se ha vuelto preciado. Los autos con matrícula estatal están obligados por ley a recoger pasajeros. No es raro ver a un poeta y a un obrero compartiendo el asiento trasero de un coche de un desconocido, camino a casa. En alguna que otra noche de viernes, después del trabajo, mis colegas y yo improvisamos algo para comer, buscamos ron, dominó, música y nos reunimos; nuestros hijos corretean entre nuestras piernas, bailando antes incluso de saberse la letra de las canciones. No a pesar de todo. Precisamente por todo.
Soy médico desde hace más de dos décadas —con doble certificación en medicina familiar y cirugía general. Trabajo en un hospital público docente (todos los hospitales son públicos) en el centro de La Habana, atendiendo emergencias quirúrgicas y traumatológicas. Mi salario se ha triplicado en los últimos diez años. Aun así, no me alcanza para vivir. Mis pacientes y sus familias me llaman al celular, incluso años después de una cirugía, cuando surge una nueva preocupación, cuando tienen miedo, cuando necesitan alguien de confianza. Mis residentes, cada vez más y con razón, quieren irse. El bloqueo está debilitando desde dentro a la próxima generación de médicos cubanos, empujando a la población hacia Estados Unidos y otros países en cantidades que no vimos durante el mandato de Barack Obama. Aquella fue una época en la que nuestra calidad de vida era mucho mejor, cuando los cubanoamericanos regresaban a la isla para invertir y los negocios privados prosperaban. Este retroceso no es el destino. Es política.
En mi hospital enseño a estudiantes de la ELAM (la Escuela Latinoamericana de Medicina), que ha formado médicos de 122 países y graduado cerca de 31.000 doctores. Se considera la escuela de medicina más grande del mundo. Aquí estudian, sin costo alguno, jóvenes de comunidades rurales y marginadas del Sur Global. Llegan desde orígenes humildes. Mis alumnos provienen de Angola, Mozambique, República Democrática del Congo, Namibia, Sudáfrica, Ghana, Sahara Occidental, Colombia, Bolivia, México, Venezuela, Timor Leste, Nepal, Nicaragua, Dominica, Vietnam, Palestina e incluso Alemania, Canadá, Estados Unidos y más. Uno de los palestinos es un joven de Tulkarm, en la Cisjordania ocupada. Decidió a los catorce años, tras ver a su tío, un médico formado en Cuba, que él también estudiaría medicina en La Habana. Viajó desde una ciudad bajo asedio militar para aprender cirugía en un país bajo asedio económico. Otra estudiante de medicina, una de las mejores que he formado en cirugía, es una joven que regresa a la República Democrática del Congo. Su país ha sufrido una guerra continua por más de treinta años. Se entrenó con más rigor que nadie porque ya sabe lo que le espera: heridas de guerra y lesiones que rara vez vemos en Cuba, y que enfrentará en gran medida sola. Fue una de las mejores estudiantes que he formado. Tendrá que serlo: su país la necesita.
También he tenido el honor de ser seleccionado para las misiones médicas cubanas, sumamente competitivas (y en ocasiones lucrativas), que han enviado a más de 605.000 profesionales de la salud a más de 165 países desde 1963. Seré honesto: algunos médicos cubanos que regresan de estas misiones ganan lo suficiente como para comprar un auto, una casa o reparar un techo, todo para darles a sus hijos una vida mejor. En mi primera misión médica, en 2010, ganaba más de cinco veces mi salario en Cuba. No hay ninguna contradicción en ello. Servicio y dignidad no son mutuamente excluyentes.
Serví en los barrios pobres de Caracas como parte de la misión quirúrgica de Cuba, trabajando junto a Barrio Adentro, el emblemático programa venezolano que llevó médicos cubanos a comunidades donde nunca antes habían ejercido. Fue a través de una brigada quirúrgica similar que trabajé en comunidades rurales de Bolivia. En Caracas, operé una hernia al hijo de exiliados cubanos que habían huido de la dictadura de Batista. Después, su familia me entregó una moneda de plata. Llevaba el rostro de José Martí, el poeta y revolucionario que lideró la independencia de Cuba frente a España. La moneda había sido acuñada para el centenario del nacimiento de Martí, en 1953, el mismo año en que esta familia huyó de la isla. La habían sacado de Cuba consigo, la conservaron como un tesoro durante décadas y ahora decidieron entregársela a un médico cubano para agradecerle por mantener viva la solidaridad en las Américas.
En Yacuiba, Bolivia, atendí a una mujer embarazada de clase media, visitándola en su casa, como debería practicarse la medicina siempre que sea posible. Ella ya acudía a una clínica privada. Tras mi primera visita, ella y su esposo decidieron que yo la atendería. Cuando nació su hijo, le pusieron mi nombre. No hice nada extraordinario. Simplemente estuve allí, me quedé y la traté como a una persona que merecía toda mi atención.
En Guatemala, un programa de casi 30 años que enviaba médicos cubanos a comunidades indígenas—muchas de ellas sin haber tenido nunca atención médica— está siendo desmantelado bajo presión directa de Estados Unidos. Honduras acaba de expulsar a sus 128 médicos cubanos, poniendo fin a un programa oftalmológico que había realizado cerca de 7.000 cirugías para erradicar la ceguera. Esto sigue la misma línea de cancelaciones en Brasil (2018), Ecuador y Bolivia (ambas en 2019). Washington ha amenazado con revocar las visas de cualquier funcionario gubernamental que continúe empleando médicos cubanos. Los primeros ministros de Barbados, Trinidad y Tobago y San Vicente declararon que preferían perder sus visas estadounidenses antes que perder a los médicos cubanos que mantienen abiertos sus hospitales. Las cancelaciones se produjeron a pesar de las protestas de los propios pacientes. O eran atendidos por un médico cubano, o no eran atendidos en absoluto. Washington tomó esa decisión por ellos.
Un estudio de 2025 publicado en The Lancet Global Health reveló que las medidas coercitivas unilaterales, como las sanciones, están asociadas con aproximadamente 564.000 muertes anuales en todo el mundo. Los niños menores de cinco años representan más de la mitad de estas muertes prevenibles. Entre los regímenes de sanciones estudiados, las sanciones estadounidenses mostraron los efectos más fuertes en la mortalidad. La Asamblea General de las Naciones Unidas ha votado, cada año desde 1992, para condenar el embargo estadounidense contra Cuba. En octubre de 2024, la votación fue de 187 naciones contra 2. Estados Unidos e Israel quedaron solos frente al mundo.
Cuba tiene sus propias contradicciones y fracasos. Lo sabemos. Lo debatimos entre nosotros, a menudo con intensidad. Las propuestas de leyes se debaten en los centros de trabajo, en los barrios y en línea antes de ser presentadas para su aprobación en la Asamblea Nacional. Tenemos mucho que mejorar para lograr un mayor control social sobre el gobierno. Esos desafíos son nuestros y debemos afrontarlos, en nuestros propios términos y a nuestro propio ritmo. Por ejemplo, varios funcionarios gubernamentales prominentes han sido encarcelados por corrupción. Sin embargo, esto no justifica que una potencia extranjera provoque nuestro colapso, se apropie de nuestros recursos y lo llame liberación.
La gente pregunta por qué me quedo. La respuesta no es complicada. Soy un patriota, no como etiqueta, sino como forma de vida. Creo que mi obligación no termina en la puerta de mi casa, ni en la entrada de mi hospital, ni en las fronteras de mi país. Creo en un país que pertenece a todos, no a unos pocos privilegiados. Creo en algo más grande que cualquiera de nosotros: la posibilidad de una sociedad construida no sobre el lucro, sino sobre la justicia social, la dignidad y el respeto a cada ser humano. Creo en una sociedad global donde el potencial, la habilidad, el talento y el genio innato de cada persona puedan florecer y compartirse libremente. Creo en la sociedad que estamos construyendo aquí, imperfecta, asediada y nuestra. Creo que ningún político extranjero, que nada sabe de mi país, debería decidir si mi hijo puede comer. Creo que ninguna potencia extranjera tiene derecho a entrar en esta isla, aniquilar a su pueblo con hambre y llamarlo libertad. Si llegara a ese punto, si la defensa de esta patria exigiera todo, yo lo daría todo. Esto no es bravuconería. Es la misma convicción que me levanta de la cama antes del amanecer, que me hace contestar el teléfono a medianoche cuando un paciente me llama asustado, o que me mantuvo en una cola en una gasolinera durante 23 horas hace dos semanas, cuando el combustible era escaso, pero aún estaba disponible.
Cuba no es un Estado fallido esperando ser rescatado. Cuba es un pueblo — brillante, obstinado, generoso y vibrante — que durante sesenta y cinco años se ha negado a convertirse en el mercado de otros. Somos el anciano que sobrevivió a mi cirugía, pero no al bloqueo. Somos la niña de dos años deshidratada sin suficiente suero intravenoso. Somos el médico y el director de hospital decidiendo cómo asignar recursos escasos, cuando todos los pacientes los merecen. Somos la doctora congoleña que regresa a casa para sanar a su país devastado por la guerra con las herramientas clínicas que Cuba le proporcionó. Somos el exiliado cubano que guardó una moneda de Martí en un cajón en Caracas durante décadas, esperando una razón para regalarla. Somos el niño boliviano que lleva el nombre de un doctor que simplemente estuvo presente. Somos los desconocidos compartiendo el asiento trasero de un coche rumbo a casa. Seguimos aquí. Seguimos enseñando, seguimos operando, seguimos cocinando unos para otros sobre fogatas de leña, y seguimos bailando con nuestros hijos los viernes por la noche.