Lo que The Economist no dijo
Enero 23, 2026
Por Ed Augustin
Desde su fundación en el siglo XIX, The Economist ha mantenido una relación cómoda con el poder político y económico en Gran Bretaña. La revista defiende los intereses de las élites y desprecia la justicia social.
“Cuba se encamina al desastre, a menos que su régimen cambie drásticamente”, afirma un artículo que The Economist publicó en noviembre, lo cual constituye un ejemplo claro de esto. El texto recicla clichés gastados sobre el socialismo cubano mientras ignora al elefante en la habitación: la guerra económica de Estados Unidos, que nunca ha sido tan feroz. El artículo, de 1.600 palabras, menciona “el embargo” exactamente una vez, y solo de pasada.
Esto es engañoso.
“Ignorar el bloqueo estadounidense —actualmente la guerra económica más larga y punitiva de la historia moderna— no es simplemente deshonestidad intelectual; es propaganda disfrazada de periodismo”, escribió en Facebook el profesor Isaac Saney, coordinador del programa de Estudios de la Diáspora Negra y Africana de la Universidad de Dalhousie, en Canadá. “Durante 65 años, Washington se ha propuesto… paralizar la economía cubana, negarle recursos, aislarla de las finanzas globales, bloquear alimentos, combustible, medicinas e inversiones, y castigar a cualquier país o empresa que se atreva a relacionarse con ella. Esta no es una guerra metafórica; es una guerra estructural, económica y psicológica diseñada para producir las carencias que The Economist ahora reporta como si fueran fenómenos naturales”.
La correción de Belly of the Beast
Al ignorar el contexto, The Economist oscurece la comprensión. Esta es nuestra correción:
The Economist: “La electricidad falla en la mayoría de los lugares durante al menos cuatro horas al día”.
Trágicamente, la realidad es aún peor: la mayoría de los cubanos soportan apagones diarios de más de 12 horas. The Economist ni siquiera se molesta en preguntar por qué.
La isla sufre una crisis de combustible desde que el gobierno de Estados Unidos comenzó a sancionar a los buques petroleros con destino al país en 2019. Estas medidas siguen vigentes hoy, elevando el costo del combustible que necesitan las envejecidas plantas eléctricas de la isla para generar electricidad.
Las sanciones estadounidenses contra Venezuela han provocado la caída de la producción petrolera venezolana. En 2013, Caracas enviaba a La Habana casi 100.000 barriles diarios; el año pasado, La Habana recibió un promedio diario inferior a 30.000 barriles. Esta línea vital de combustible se ha cortado en el último mes tras la aplicación por parte de Trump de “un bloqueo total y completo” a los buques petroleros sancionados. Siete buques que transportaban petróleo venezolano han sido incautados.
En el último año, México se ha convertido en el principal proveedor de petróleo de Cuba, y la presidenta Claudia Sheinbaum ha descrito estos envíos como parte de los esfuerzos humanitarios de su gobierno en el Caribe y de una política histórica de México.
Quizás lo más importante es que las llamadas sanciones de “máxima presión” —impuestas por Trump durante su primer mandato, mantenidas por Biden e intensificadas en los últimos 11 meses— han logrado su objetivo de llevar a la bancarrota al Estado cubano. Economistas estiman que, además del embargo, estas nuevas medidas le cuestan al país miles de millones de dólares al año. Actualmente, Cuba gasta más de la mitad de sus recursos en importar alimentos y combustible. El estrangulamiento de los ingresos estatales deja al gobierno con menos dinero para comprar combustible en el mercado abierto, mantener las plantas eléctricas e invertir en energías renovables.
No es de extrañar que los cubanos estén sufriendo los peores apagones que el país ha visto desde la caída de la Unión Soviética.
The Economist: “Según el Observatorio de Derechos Sociales, un think tank respaldado por España… solo el 3 % de los cubanos puede obtener los medicamentos que necesita en las farmacias”.
Hasta 2019, los cubanos podían obtener prácticamente todos los medicamentos que necesitaban en las farmacias locales a precios asequibles. Pero desde entonces, han sufrido una escasez crónica de medicamentos que ha llevado a estanterías vacías en las farmacias.
Una vez más, las cifras de The Economist están fuera de lugar.
El primer ministro cubano, Manuel Marrero Cruz, declaró al parlamento de Cuba el pasado diciembre que el 29 % de los medicamentos estaban disponibles en las cantidades necesarias en hospitales y farmacias.
Médicos de familia y farmacéuticos entrevistados el mes pasado por Belly of the Beast afirman que desde entonces la situación ha empeorado: estiman que actualmente reciben entre el 20 % y el 25 % de los medicamentos que necesitan sus comunidades.
“El tres por ciento es una cifra absurda”, afirmó la doctora Mayda Mauri Pérez, presidenta de BioCubaFarma, el grupo biotecnológico y farmacéutico estatal que produce la mayoría de los medicamentos de la isla. “Cualquiera que haga esta afirmación está mintiendo y no podrá sustentarla”.
Captura de pantalla del artículo de The Economist
La estadística proviene del Observatorio de Derechos Sociales, que The Economist presenta como “un think tank respaldado por España”. La revista omite que la organización es un instrumento del gobierno de Estados Unidos: forma parte del Observatorio Cubano de Derechos Humanos, que recibió 2,2 millones de dólares entre 2019 y 2025 de USAID para programas de “promoción de la democracia” en Cuba (es decir, “cambio de régimen”).
El Observatorio de Derechos Sociales no respondió a las preguntas sobre cómo llegó a la cifra del 3 %.
Una bandera cubana manchada de sangre en la foto de perfil del Observatorio Cubano de Derechos Humanos en X demuestra que se trata de una organización partidista. El hashtag #SOSCuba, que aparece debajo, ayudó a desencadenar protestas a nivel nacional en Cuba en julio de 2021. El hashtag fue retuiteado más de un millón de veces por bots fuera de las fronteras de la isla.
The Economist: “El turismo, que alguna vez fue un pilar de la economía, se ha desplomado… tras la pandemia de covid-19, la industria nunca se recuperó”.
El Covid fue un duro golpe para todas las economías caribeñas dependientes del turismo. Pero para Cuba fue un golpe doble. La isla fue golpeada por la pandemia y por nuevas y severas sanciones estadounidenses al mismo tiempo.
Tras el histórico deshielo impulsado por Barack Obama, el turismo en la isla se disparó a niveles históricos. Por el contrario, tras el endurecimiento sin precedentes de la política estadounidense, el turismo cayó de 4,75 millones de visitantes en 2018 a solo 2,2 millones el año pasado.
Administraciones sucesivas han diseñado políticas para maximizar el daño. Trump prohibió que los cruceros estadounidenses atracaran en Cuba y suspendió los vuelos a todas las ciudades cubanas excepto La Habana en 2019. La administración Biden revocó silenciosamente los privilegios del ESTA, o exención de visado electrónico, para ciudadanos de 40 países que viajen a Cuba. Esto significa que un lector británico de The Economist que visite Cuba tendría prohibido viajar a Estados Unidos, a menos que obtenga primero un visado, un proceso largo e incierto.
Para la mayoría de los europeos, viajar a Estados Unidos es un proceso sencillo. Califican para el Programa de Exención de Visado de EE. UU. (ESTA), lo que significa que solo deben completar un formulario en línea. Sin embargo, la ley estadounidense niega el acceso al ESTA a personas que normalmente serían elegibles si han visitado países incluidos en la lista de Estados Patrocinadores del Terrorismo. Cuba figura en esa lista desde 2021, a pesar de que no existe evidencia de que Cuba patrocine el terrorismo.
El traje nuevo del emperador
The Economist: “Este sistema está tan estropeado que es irreparable”, dice un taxista de 52 años que se iría del país si no se sintiera obligado a cuidar de su madre enferma. ‘Lo único que se puede hacer es deshacerse de él y empezar de nuevo”.
Para The Economist, los llamados a reemplazar el socialismo son algo habitual. La revista fue fundada en 1843 por James Wilson, un fabricante británico de sombreros que más tarde se convertiría en político y banquero. Desde sus inicios, la revista se opuso sistemáticamente a la política progresista en nombre del “libre comercio”.
En el siglo XIX, The Economist defendió la abolición del escaso sistema de bienestar estatal británico conocido como las Leyes de Pobres, políticas que, según la revista, solo fomentaban la “imprevisión, la ociosidad, el fraude y la mentira”. Se opuso a la Ley de Fábricas, que limitaba el trabajo infantil a nueve horas diarias. Incluso moralizó que los avances hacia el saneamiento público en las ciudades británicas debían ser rechazados: “Hay un mal peor que el tifus o el cólera o el agua impura, y es la imbecilidad mental”.
The Economist ha alentado de forma reiterada la violencia estatal para abrir mercados extranjeros. “Podemos lamentar la guerra”, reflexionaba un editorial de 1857 mientras barcos británicos bombardeaban puertos chinos durante la segunda Guerra del Opio, “pero no podemos negar que grandes ventajas han seguido a su paso”. Más recientemente, respaldó la invasión de Afganistán en 2001, la invasión de Irak en 2003 y el bombardeo de Libia en 2011.
James Wilson, fundador de The Economist
Portada de dos ediciones de The Economist en 2002 y 2003
En América Latina, The Economist celebró el golpe de Estado de 1973 en Chile, que sustituyó al gobierno de izquierda democráticamente elegido de Salvador Allende por Augusto Pinochet, quien supervisó el asesinato de 3.000 personas y la tortura de decenas de miles más. Un artículo de The Economist de 2013 ridiculizó los programas de alimentación y salud pública en Venezuela que extendieron derechos humanos fundamentales a millones de personas, calificándolos de “regalos” estatales.
Las críticas serias a Cuba —especialmente a los graves problemas internos de su economía y al nivel actual de sufrimiento en la isla— son invaluables. Pero, a pesar de su engreída autoimagen como una revista que reúne hechos para llegar a conclusiones autorizadas, cuando se trata de Cuba, The Economist no muestra interés alguno por una investigación rigurosa. En su lugar, selecciona datos de manera sesgada, utiliza fuentes dudosas y borra al principal impulsor de la crisis económica y humanitaria de Cuba. Esto no es periodismo. Es dogma.